viernes, 24 de mayo de 2019



Una tarde cualquiera

 

 

En su MP3 sonaba una canción de Maná, Hechicera:

-Hay una mujer hermosa, la más primorosa, de ojitos verdes y piel gitana…

Desde que la oyó por primera vez lo cautivó por su sensualidad, su lenguaje sugerente e incluso hasta literario:

-Es una hechicera que domina al hombre con sus danzares, con las caderas…

Le recordaba siempre a las bailarinas árabes, o a las danzarinas hawaianas contoneándose con un sugerente y seductor erotismo.

Adaptaba su trote lento, perezoso, al ritmo de la canción, dejándose llevar, contemplando el paisaje y pensando a la vez cómo podría mejorar la metodología de su clase de lengua y literatura con los alumnos de tercero y conseguir interesar a estos alumnos tan ruidosos como despreocupados y desinteresados, algunos demasiado infantiles, y atraerlos a la magia de la literatura, al gusto por la escritura creativa y a la pasión por la lectura.

Sus pensamientos se nublaron al llegar a la torre del agua. Siempre que se acercaba a ella le gustaba imaginarse cómo vivirían las gentes de la Osma medieval que construyeron el castillo y el puente. La torre reverberaba en el río arremansado, ofreciendo una imagen acuosa, débil y blanda, impropia de los ciclópeos sillares de su fábrica. Siempre enfrentada y siempre cercana a la iglesia, como en la realidad. Definitivamente la Edad Media lo atraía, así como la vida en la antigua Uxama. Algún día debería intentar escribir una novela sobre esta ciudad y sus gentes. En otras salidas había pergeñado ya al protagonista, su edad y la imagen difusa de una ciudad bulliciosa cruzaba por su mente.

El río aligeraba su paso bordeando la carretera, dejando a su lado el signo indeleble de su crecida primaveral.

-Todo pasa y todo queda, sonaba ahora en su MP3.

El río y el puente, pensó: el río siempre cambiante, con su eterna y constante renovación; el puente, impertérrito, observador de nuevas gentes, nuevas aguas, nuevas ilusiones, nuevos desengaños, en realidad los mismos de generación en generación, solo cambiaban el ambiente y la decoración, desde su perspectiva milenaria del eterno retorno.

-Tengo que procurar que hablen más, pero, ¿cómo?, si no poseen los conocimientos suficientes para mantener un diálogo técnico. Quizás mis expectativas sean excesivas, quizás…

Ese eterno quizás del perfeccionista, cuya ilusión sería conseguir un alumnado activo, participativo, inquieto, incluso insolente en la pregunta, interesado en lo que hace. Tal vez, como Manrique en Un rayo de luna, lo que perseguía fuera una ilusión. Sin embargo, se negaba a reconocerlo, se resistía a resignarse, a rendirse.

Entre las incipientes hojas de los chopos y álamos de la orilla del río, el canto monótono y embriagador del ruiseñor le abstrajo de sus pensamientos. Más cercano, un jilguero, colorín lo llamaban en su pueblo, visible entre las ramas de los árboles más cercanos al paseo, parecía replicarle, con un trino más variado, tal vez dirigido a su pareja, acaso ya calentando su primera puesta. A pesar del jadeo al que le obligaba su trote, degustaba esa sinfonía natural y sus recuerdos infantiles.

Por momentos, el camino se estrechaba y serpenteaba, constreñido entre la roca y el río, amenazándole con sepultarlo. No eran infrecuentes los desprendimientos. Los riscos verticales simulaban figuras quiméricas, irreales o fantásticas. Al doblar la curva, una inerte cabra férrea parecía otear el río y al viajero con una curiosidad inane, siempre inmóvil e inapetente. El cielo, de un azul impoluto, inconsútil, exento de caprichosas nubes que cuartearan el monótono mar celeste, anunciaba los calores del verano.

Inconsútil, inane, inerte, inerme eran algunos de los adjetivos con los que los chavales habían tenido que construir un texto de unas diez líneas. Años atrás, con ese mismo ejercicio, toda la clase había alcanzado el objetivo de crear un texto de unas diez líneas en las que se incluyesen todos esos adjetivos. Varios alumnos habían conseguido construir textos ingeniosos y algunos, incluso brillantes. Ahora, sin embargo,  ¡Cuánto les había costado a algunos producir un texto decente!. Como cantaba en este momento Joan Manuel Serrat, debía plantearse preparar actividades y tareas para mejorar el deficiente vocabulario de estos muchachos. ¡Pero es tan duro, tan frustrante observar que muchos de ellos no tienen el más mínimo interés, pensaba!

Oyó la voz de un amigo a su espalda. Paró un instante y siguieron caminando en una animada conversación intrascendente durante el resto del trayecto.

Ya en casa, la lectura de la novela comenzada días atrás, le fue envolviendo poco a poco y se dejó llevar por los avatares del relato (¡Oh, Cortázar!). Los ruidos de la casa, aunque perceptibles, sonaban lejanos, extraños, fuera del mundo que iba construyendo en el discurrir de la lectura. Los personajes cobraban vida en su imaginación, una vida tan real a veces como la suya. Y en esos momentos no podía reprimir un profundo sentimiento de envidia, porque, a pesar de sus deseos, no se sentía capaz de construir una historia parecida.

Una voz estridente y repetitiva le sacó de su ensimismamiento y le devolvió a la realidad: la cena esperaba en la mesa.

 

 

jueves, 23 de mayo de 2019



EL PATITO

 

 

A pesar de que los dos pichoncillos ya habían salido del cascarón hacía dos días, el huevo de pato no daba señales de querer eclosionar. Sabía que tardaría algunos días más. Lo había leído y, además, lo había confirmado observando la incubación de los patos que paseaban por el corral. Los patitos no salían hasta pasados veintiocho o treinta días, por lo tanto, aún quedaban unos seis días para que eclosionaran. A pesar de ello, tendría que mirar todos los días, por si acaso, porque en cuanto saliera debía retirarlo, pues echaría a andar inmediatamente.

Se lo había confiado a su mejor paloma, ya vieja, una de las primeras, toda blanca, preciosa, con manchitas de color marrón claro. El pichón padre era también imponente, negro y blanco, siempre dispuesto al galanteo. Ambos tenían el buche sucio, por estar constantemente alimentando a sus polluelos.

Recordaba perfectamente cuándo se inició en la cría de palomas caseras. Su interés por los animales existía desde siempre. Le gustaba observarlos, tocarlos, disfrutarlos. Fue su amigo Domingo el que le facilitó el primer par de palomas, a las que se unió alguna otra que encontró en las cercanías de la iglesia, pichones inquietos que se habían caído del nido, todavía demasiado jóvenes para volar y que cuidaba en la cuadra de los conejos, con los que hacían buenas mugas.

Cuando pasaron un tiempo en la nueva casa, les cortó las plumas de las alas y las dejó libres por un pequeño corral hecho con una alambrada. Esperaba que cuando las plumas les volvieran a crecer ya hubieran incubado una o dos veces y se hubieran acostumbrado a la casa y podrían ya volar libres, sin miedo a que se escaparan, seguros de encontrar siempre allí alimento y cariño, como las personas. Y así ocurrió y el número de palomas creció. ¡Cómo gozaba visitando los nidos, siguiendo la incubación, viendo evolucionar a los pichones!

Su interés por los animales no se reducía a las palomas: le gustaban todos, especialmente las aves, y desde siempre. Con la llegada de la primavera y durante el verano, Domingo y él recorrían los nidos de gorriones, los aledaños de la iglesia, a cuyos pies caían indefectiblemente grajillos demasiado inquietos para permanecer en el nido, algún pichón, con los que formaba una extensa guardería en una cuadra de su casa.

En otro momento les llegaba el turno a los renacuajos. Le fascinaba ver cómo se desarrollaban, cómo a ese pececillo regordete poco a poco se le alargaba la cara y le salían unas protuberancias que se convertían en patas y la cola poco a poco se iba reduciendo. Allí se movían en marasmo decenas de renacuajos en una pequeña pila de piedra, en un agua infecta, sucia y a veces maloliente. Pero, pasados unos días, la forma de rana era evidente. Todas las tardes acudían a la charca, en el lavajo y recogían nuevos inquilinos. La poza en la que convivían era un hervidero, apenas si cabía uno más. Los sacaban del agua y analizaban los cambios que se producían en su constitución: los ojos, el cuerpo rechoncho donde se podían ver perfectamente las tripas y órganos internos, la larga cola de pez…

Cuando en la escuela se hablaba de ciencias naturales, Juan disfrutaba, el tiempo pasaba sin sentirlo, se dejaba ir arrobado por la voz melodiosa del maestro, asombrado por las fotografías del libro y las que formaba en su imaginación. Le interesaba sobremanera la paleografía, la evolución de las especies, la extinción de los dinosaurios, la ley de la naturaleza en su continuo ciclo de vida y muerte y la adaptación de las especies en ese proceso vital inevitable de nacimiento, desarrollo, reproducción y muerte. También de las especies. ¿Sucedería lo mismo con el hombre?¿Se extinguiría la especie algún día? La muerte parecía estar ahí, siempre presente, como gran triunfadora.

Al día siguiente volvió a ver el nido y su huevo de pato y a pasar un tiempo con su paloma favorita. Al principio, cuando se acercaba, ahuecaba las plumas y metía la cabeza entre ellas en señal amenazante. Cuando acercaba la mano al nido, lo golpeaba con el ala y le lanzaba picotazos, tal era su amor por lo polluelos. Pero ante la insistencia del niño, al poco tiempo se levantaba despacito, como intentando dejar claro que no le tenía miedo y se alejaba un poco. Rara vez salía volando, como sí hacían otras madres más temerosas. Ella ya era veterana y sabía que nada sucedería: se había acostumbrado a las constantes visitas de Juan; era ya uno más de la familia. Entonces, ya más libre, el muchacho acariciaba apenas a los pequeños pichones y observaba el huevo. No se le ocurría tocarlo, aunque lo deseaba fervientemente, pues sabía que, a pesar de la fidelidad de la paloma, su instinto le podría llevar a aborrecerlo y no podía correr ese riesgo ahora. Sí lo había hecho otras veces con los huevos de paloma, incluso le había introducido en el nido algún huevo más, abandonado por otras madres menos preocupadas. Pero este experimento tenía un valor excepcional.

Al principio pensó que no iba a funcionar, el huevo era demasiado grande, apenas si la madre adoptiva podía taparlo con sus plumas e incubarlo decentemente. Pensó incluso en quitarle los otros huevos, pero se sintió mezquino, traidor y los mantuvo en el nido. No lograba entender cómo la madre no notaba la diferencia y tiraba el huevo al suelo; pero no, sorprendentemente adoptó al nuevo hijo en potencia y lo cuidó con la misma paciencia e intensidad con la que sacaba adelante las otras polladas. Incluso pensó que al salir los dos pichones lo lanzaría o picotearía, pero no ocurrió así. Quizás notara que su hijo adoptivo estaba allí, en el interior del huevo, sintiera sus movimientos, su agitación.

Y, por fin, llegó el día, apenas durmió pensando en que se había cumplido el plazo, los veintiocho días de incubación. Visitó el nido antes de salir para la escuela y ya vio que algo había cambiado, parecía más claro y transparente, más frágil. Al volver, inmediatamente subió al sobrado, nervioso, y descubrió el milagro. El patito piaba, pero la paloma parecía tranquila. Lo cogió, no son notar el disgusto de la madre adoptiva que lo recibió con picotazos y golpes con el ala, y se lo bajó al corral. Allí le dio algo de comer, pan mojado en agua, algunas hojas verdes de lechuga partiditas en pequeños trozos y ambos se fueron acostumbrando el uno al otro.

El pequeño patito lo miraba tiernamente y se acurrucaba a su lado mientras piaba. Juan lo acariciaba, sentía un placer inenarrable al tocar el plumón amarillo. Lo sentía como propio, como un hijo, y el patito le correspondía mirándolo y piando, como queriendo comunicarse con él, con el cariño sincero propio de los animales. Se sentía feliz, importante, imprescindible para alguien que también le correspondía con su atención. Se paró ante los insistentes piídos del patito, que apenas podía seguirlo en su caminar, se acuclilló y lo acarició tiernamente. El patito lo agradeció encogiendo su cuello.

Ese día no salió de casa a jugar con sus amigos, paseaba por el corral realizando sus labores: el cuidado de los conejos, de las palomas, limpiando alguna cuadra y, como un perrillo, el pequeño patito lo seguía piando insistentemente cuando Juan se distanciaba. Entonces se paraba y cogía al patito delicadamente, se lo acercaba a la cara y sentía su blandura, su suavidad y el patito, el calor, el calor maternal que buscaba.

-Habrá que ponerte un nombre –le dijo Juan. Y el pollito lo miraba como interpretando su mensaje.

Por toda conversación se oyó un pío, pío asertivo, de conformidad.

Y así permanecieron todo el día. Al llegar la noche, Juan lo metió en una cajita de zapatos y lo dejó cerca de él, en un lugar calentito, no lejos de su mano que colgaba de la cama rozando la pelusa del patito, que se acurrucaba en ella como si fuera su madre. Y así se quedaron dormidos los dos.

A la mañana siguiente, llegó el momento de ir a la escuela, de separarse por primera vez. Ninguno de los dos parecía estar dispuesto a tomar la decisión. El patito lo seguía a todas partes, desayunó con él miguitas de pan y magdalena, incluso le puso en un platito de juguete un poquito de leche. Su madre le urgía.

Juan no sabía qué hacer, dónde dejarlo, solo, expuesto a los peligros de perros y gatos que andaban libremente por el corral, ansiosos por conseguir un bocado tan escaso como suculento. Entonces preparó para él un hogar cálido y seguro. Lo introdujo en una gran cesta de mimbre y puso en la parte superior una tabla con una piedra encima. Allí el patito estaría seguro. Por la tarde se lo enseñaría a sus amigos y especialmente a Domingo, que estaba al tanto de todo y que compartía su entusiasmo.

Todo así organizado, se dirigió a la escuela, no del todo tranquilo. No en vano era la primera vez que se separaban. El patito piaba no se sabía muy bien si pidiendo que no se fuera, que lo llevara con él o simplemente despidiéndose. Juan no dejaba de mirar atrás, acuciado por su madre que temía que el muchacho llegara tarde a la escuela.

Esa mañana no pudo concentrarse, no atendía las explicaciones del maestro pensando en su patito. Le mandó leer y lo hizo de forma mecánica, como ausente, sin entonación. Leía muy bien para su edad y el maestro lo escogía para ponerlo como ejemplo de buena entonación y claridad expresiva. Su preocupación le hizo titubear, dudar al realizar con precisión las pausas y las entonaciones.

Al tocar el timbre salió como alma que lleva el diablo. No se despidió de nadie, ni siquiera de Domingo, no quedó con sus amigos para salir por la tarde. El camino, otras veces tan corto, se le hizo esta vez eterno, parecía interminable. No veía el momento de encontrarse con su patito, de ver cómo le había ido, de jugar con él, de caminar juntos por el corral, de volver a sentirse importante, necesario para alguien. Porque, en el fondo era eso. Él, un muchacho anónimo, se sentía ahora importante para alguien que lo seguía impaciente, como si fuera su madre. Y eso lo desazonaba.

Entró corriendo en su casa, siempre abierta. Lanzó la cartera en una silla y salió pitando hacia el patito. Sí, allí estaba la cesta, pero no la piedra que colocó encima. Tampoco oyó al patito; levantó la cesta, pero allí tan solo se veía el plato con el pan y el trigo que le dejó por la mañana. Pensó que podría haberse escapado; preguntó a su madre que no supo darle respuesta. Quizás un gato. Buscó y buscó, llamó, chilló hasta asustar a los animales que estaban a su lado, pero el patito no aparecía, no apareció y Juan lloró amargamente su ausencia. Otra vez solo.

 

 

viernes, 15 de enero de 2016


REGENERACIÓN DEMOCRÁTICA

El otro día, conversando con un amigo sobre la denominada regeneración democrática, me dijo tajante: ¡Me río yo de esta regeneración! Me quedé pensativo, preocupado, incluso desconcertado por su respuesta. Sin esperar mi contestación, síguió hablando lo que transcribo.
Nuestros partidos, los que como pueblo soberano hemos elegido o nos han dado como castigo las urnas, como el rey a las ranas del cuento, se calientan la boca hablando de altura de miras, cuando es fácil deducir por sus actuaciones que no son capaces ni de alcanzar a ver la copa del árbol, cuanto menos de llegar a deslumbrarse con la belleza de las estrellas, y que su principal preocupación no es trabajar por el común, sino conseguir, incluso detentar el poder, aun desdiciéndose de sus principios, y destrozar al adversario.
Leo en un periódico nacional que uno de estos partidos defiende su candidatura a presidir el Congreso de los Diputados, señalando que la presidencia debe representar la nueva pluralidad, aunque no es difícil entender que lo que se busca es alcanzar la presidencia, no entregársela a algunos de los partidos llamados emergentes, signo de los nuevos tiempos: cuando se gana, porque se gana, cuando se pierde, porque todos tenemos derecho a estar ahí y no solo los ganadores. Pero uno en su ingenuidad se pregunta, si como dicen en su investidura los presidentes del Congreso a lo largo de estas legislaturas, van a trabajar con independencia, para todos los grupos, ¿qué más da quién esté en la presidencia? ¿O es que nos siguen mintiendo en esto también?
En realidad nada ha cambiado, todo indica, viendo los acuerdos finales, que unos y otros siguen persiguiendo el poder, el sillón, con mayor o menor legitimidad, la cuota de poder, la sopa boba o no tan boba, campar por sus respetos, conseguir, aunque solo sea, un minuto de gloria. La Nación puede esperar. Quizás algún día los ciudadanos aprendamos y les ocurrirá como a Pedro (me refiero al protagonista del cuento Pedro y el lobo). Cuando algún día se decidan a decirnos la verdad, si eso es posible en este país, no nos lo creeremos y tal vez nos dé igual lo que digan. Pero sigue habiendo demasiado voto cautivo y de eso se aprovechan.
Pero y qué sucede con los nuevos partidos. Se han desgañitado durante años criticando el borregismo institucional parlamentario tan evidente en esta nuestra democracia tan singular, en la que los diputados son manejados por el pastor de turno, temerosos del mastín estatutario; sin embargo, en cuanto huelen las mieles del sillón parlamentario, no solo se mantienen en el borregismo, sino que lo enmiendan y corrigen con precisión filológica: nos enteramos que unos votarán lo que les manden sus jefes, muy disciplinados, como correctos ácratas borreguiles, y otros harán los que les notifiquen los nuevos jefes a los que sus amos los han vendido como esclavos, para realizar trabajos que antes detestaban. ¡Viva la regeneración! ¿Y todo por qué? Pues por disfrutar del sillón y lo que con él cae, no sea que unas nuevas elecciones no nos dejen sentarnos, no nos engañemos.
Todos se han bajado no solo los pantalones nacionales o nacionalistas, sino faldas y prendas más íntimas, dejando al aire las vergüenzas, para quien quiera y resalto lo de quiera, verlas. Ahora, ¡no se piensen los lectores que por razones serias y convenientes, digan lo que digan!, no, sino por alcanzar lo que llaman cuotas de poder  o procurar alcanzarlas (ambición) o por fastidiar al contrario (perversidad). Otro ejemplo más, incluidos los llamados partidos emergentes, de regeneración democrática. Y es que muchos simples siguen defendiendo que en esto consiste la política. Si estos tienen razón, ¡bendita profesión la del político!
En nuestro país, a pesar del tan cacareado desarrollo y modernización, se mantienen atávicos principios y actuaciones que nos sitúan en la España más negra, envidiosa, miserable y rencorosa. Como se demuestra también en otros aspectos de la vida española. La altura de miras, la visión de estado son metas lejanas, propias de otros países más avanzados. No solo no hay visión de estado, sino que se prefiere machacar al contrario, pues en eso parece consistir la oposición, aunque se pierda algo con ello, incluso el bienestar del país. Algo parecido ya sucedió en Valladolid allá por 1470, cuando cayó en manos del Marqués de Villena, seguidor de Enrique IV. Cuenta un confidente del rey don Juan II de Aragón en Castilla que, por parte de los seguidores de los futuros Reyes Católicos, “ha preferido el Almirante perder el un ojo por que Juan de Vivero perdiese los dos”. El hecho fue que, tuviera uno u otro más o menos razón o legitimidad, Isabel y Fernando, recién casados, a quien los dos nobles debían vasallaje, perdieron Valladolid, que pasó a manos de sus enemigos.
Hoy asistimos con temor a escenas parecidas. ¡Qué lejos ahora los casos de Alemania o Francia, países y políticos con clara visión de estado. Los tan cacareados cincuenta años de retraso de España con relación a los principales países de Europa, de los que venimos hablando desde el siglo XIX, hoy parecen certificarse al menos en lo político. Seguimos anclados en la mitad del siglo XIX, en las luchas encarnizadas entre liberales y conservadores, cuando no en la mitad del siglo XX que no somos capaces de superar.
Da vergüenza haber propiciado con el voto la permanencia de este personal en la escena política. En el pecado llevamos la penitencia. ¡Pero es tan hermosa la democracia! Esa es nuestra gran debilidad.
Y lo triste es que ahora que tanto se habla de la necesidad de negociar, de consensuar grandes proyectos nacionales como la educación, las pensiones o la sanidad: en pocas palabras, el estado del bienestar, todo ello de capa caída (y si no que se lo pregunten a las aseguradoras sanitarias), qué mejor momento para que los dos grandes partidos y algunos otros lleguen a un acuerdo de mínimos, amparados, aunque solo sea, en la falta de mayorías absolutas, y ofrecer al pueblo unas leyes de educación, de pensiones, de sanidad, etc. que garanticen por muchos años nuestro bien ganado estado del bienestar.
Pero, ¡ay!, que esto parece más propio del país de nunca jamás hablando de nuestros políticos, que manejan con maestría el lema de quítate tú para ponerme yo. Ya se sabe que no hay peor sordo que el que no quiere oír. ¡Qué país!



sábado, 26 de diciembre de 2015


OBJETIVIDAD

 Es frecuente oír a tertulianos y políticos de saldo (y esquina) alabar la intensidad y fidelidad de los hinchas de los equipos de fútbol; incluso muchos periodistas, muy profesionales ellos, parecen tener, como los fieles militantes políticos, un solo ojo por el que todo lo ven del mismo color. Así son capaces de decir exabruptos y simplezas como la de que el público tiene razón porque paga o sentenciar, muy en contra del erudito Feijoo, que el público siempre tiene razón. ¡Vaya majadería!
Pero esto de los forofos y de su falta de criterio no es nuevo. Todos conocemos lo que ocurría en el teatro español del siglo XVII y XVIII, una especie de deporte nacional de la época, donde los incultos mosqueteros chorizos, panduros y polacos defendían con todo tipo de argumentos, generalmente más allá de los verbales, las obras que se representaban en los teatros de que eran seguidores, y atacaban, viniera o no a cuento, las de la sala contraria. No se defendía la mayor o menor calidad de una obra, sino que, desde la irracionalidad, se atacaba o defendía lo que tocara, de acuerdo con las órdenes del matón de turno. En esto era un maestro también Lope de Vega.
Esta falta de objetividad perjudicó, como dice Felipe Pedraza, el espectáculo teatral y hoy perjudica cualquier acto público incluido el político. Pero, claro, se trataba (no sé si ocurre ahora también en esta época en la que, según dicen, aflora la generación mejor formada de nuestra historia) de “gente de baja e servil condición”, en palabras del Marqués de Santillana.
Qué distinta la actitud de los jueces que cuidaban del buen funcionamiento del hecho de armas ocurrido en el siglo XV, denominado Paso honroso. En la séptima carrera de una de las justas, un criado de Lope de Estúñiga, para animar a su señor, gritó: “¡A él, a él!, y los jueces mandaron que se le cortara la lengua, pero se les rogó que aligeraran tan dura pena y le dieron treinta palos y lo llevaron a la cárcel. Parece excesivo, ¿no?, sobre todo si lo comparamos con la pasividad y la hipocresía actual.
Hoy se ve lógico, sin embargo, que un probo ciudadano, cargado del derecho que le da el pago de una entrada, pueda descargar la tensión que le provoca el duro trabajo de oficina y dirigir los improperios que le vengan en gana a árbitro, asistentes y jugadores, porque ha pagado, y eso, pagar, le da patente de corso para insultar, vilipendiar, zaherir, atacar, despreciar y convertirse en juez soberano del partido; ¡faltaría más! Ahora bien, que nadie, fuera de este circo, incluso político, se atreva a cuestionar sus derechos constitucionales o ética profesional. ¡Hasta ahí podríamos llegar!
Es más, ¿cómo es posible que un seguidor caiga en el tremendo error de aplaudir a un jugador del equipo contrario? O, mucho más, que reconozca valor alguno en el equipo contrario. Cualquier debilidad en este sentido debe ser castigada con dureza por absurda e impropia de un seguidor fiel. Por supuesto, cualquier jugador que, de acuerdo con sus intereses, cambie de equipo y mucho más si ficha por el eterno enemigo será considerado traidor. Eso que sería normal y deseable si nuestro precario mercado laboral nos lo permitiera al común de los mortales, y que era moneda común cuando la situación económica era boyante, en este terreno inmerso en lo irracional se convierte en una traición digna de vilipendio, ataque e incluso acoso.
Por ello, este mundo sin orden ni concierto, incluso en lo político, acoge amorosamente a esta serie de gente que unen en su currículo política de extremos y fútbol y que, dada su irracionalidad, incapaces de expresarse verbalmente como personas cultas, su única manera de manifestarse es la violencia hacia el contrario, el oponente, el distinto, también en política.
Pero no se preocupen, ya habrá algún periodista guay que lo justificará enmarcándolo en la situación sociopolítica.
Y es que, al fin y al cabo, cuando la cabeza no rige el comportamiento humano o lo hace para buscar el mal y lo que nos mueve es el corazón, el sentimiento o la ideología, cualquier cosa puede ocurrir, como justificar lo injustificable. Cualquiera puede verlo, sin más, en la reciente historia europea y también política.